martes, 15 de diciembre de 2009

EXPRESION POETICA A MI CIUDAD



Yo nací en una ciudad de luces bañada por las olas, besada por el sol hasta quedarse adentro. Ciudad de avenidas y callejones, de calles empedradas y empinadas, muy cerca del Pico Turquino, el tan virtuoso que en las noches corona a la luna y enamora a las estrellas en complicidad de trovadores y poetas, majestuosa a la falda de la Gran Piedra, guardiana de nuestros cafetales.
Yo nací en la segunda Villa fundada por Diego Velázquez, en su morada se conserva dos siglos del mueble y a su alrededor han quedado los vestigios de la tumba francesa.
Yo nací en una ciudad donde los hombres hacen sinfonías congueras en días de carnaval y al paso chévere de uno, dos y tres, detrás de la corneta china y los tambores desbordan las calles cual río desbocado.
Nací en una ciudad de magia y hechizo tal, que cuando el tambor hace su llamado en los rituales estalla la sangre en luces de bengalas o fuegos artificiales.
Yo me alimenté con leche de cabra y de chiva, con arroz blanco, congrí y potaje de frijoles y de chícharos, de pescado, carne de puerco, chicharrones, plátano maduro frito. Cada domingo al mediodía la mesa vestía sus mejores galas, el mejor refresco el prú oriental, el guarapo de la caña o la champola de guanábana en esa dulce bendición.
Este cuerpo creció con el dulce contraste de los estudios y el trabajo en el campo, para cada jornada era un encanto el sabor a sal en los labios, la camisa mojada, desintoxicación eficaz, tarea para fortalecer mente y cuerpo.
Yo pertenezco a la generación del “esfuerzo decisivo”, a la caravana del “sí se puede”.
Estas manos no están hechas de arenas, supieron adentrarse al alma de la tierra para sacar sus frutos compartidos
Yo me narro y narro y miro y hablo, y a veces me contemplo tan lejana como a cualquier lucero que vemos tintinear pero que está ahí, aferrado a su sitio, somos nosotros o los otros los que giramos o que giran.
Vengo de una ciudad que nunca he abandonado, que me anida y me presiente,
la tengo y la detengo aún cuando camine por otras ciudades hasta que me cruje en encendidos versos.
Yo nací en una ciudad que vive de novia con el mar y que le pertenece, en esa Isla de sabor a ron y azúcar, aromatizada en tabaco, donde las Palmas son más altas como dijera el poeta.
Yo guardo los recuerdos de tardes de café con un trozo de pan, el pudín de harina de maíz con coco en días de ciclones, los quinqués con luz brillante, la furia del viento tocando a cada puerta, el abuelo pilando el café cerca de la patera, mientras la abuela daba de comer a las gallinas; las noches de rondas en el barrio, la gallinita ciega, los juegos a escondidas y mi padre al lado de mi madre romanceando en la acera de la calle.
Yo nací en una ciudad que es como una muchacha despejada desde la mañana con toda su alma expuesta, donde los parques asisten a los músicos y artesanos. La noche se sienta en sus larga pestañas para abrir puertas a las tertulias, a las peñas, a la Teatrova, no hay un sitio donde no se escuche la voz de un poeta o un guitarrero, ciudad de son y de bolero, ciudad que canta a sus muertos y a sus gestas.
Yo nací muy cerca del sitio donde tal vez comenzó la vida, frente al fuerte, el imponente Morro y la bahía, en la ciudad de coros, serenatas y pregones, donde las frutas son dulces y jugosas y un blando olor a mango, guayaba o papaya revela la brisa. Mi ciudad es la ciudad de las caracolas, de las ninfas y los sortilegios, la que abriga al santuario de la Santísima Virgen del Cobre, la del Moncada, la “Rebelde Ayer, Hospitalaria Hoy y Heroica Siempre”, como versa un mural en las alturas. En su pecho de mulata coqueta porta el medallón de Ciudad Héroe.
Yo nací en una ciudad que en medio de los caos de estos tiempos no despinta el semblante y auténtica y orgullosa sale a recibir el alba para despertar a toda la inmensa isla con un beso intrépido, toda ternura, porque vengo de una ciudad enamorada.
Yo nací amigo, en la bien amada y teúrgica ciudad de Santiago, en Cuba.
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