domingo, 9 de diciembre de 2012



El hombre de la mirada silencio

Juanita Pochet Cala.

Había lanzado el bulto a orillas del camino, se echó a tierra con la respiración agitada, de a poco extrajo del bolsón un frasco con agua, dejó caer un chorro sobre la nuca, la cabeza y bebió, bebió del líquido, tirado allí, entre la yerba quemada de la tierra seca.

Tres soles le acompañan desde aquel amanecer en que  decidiera dejar la vieja casa, olvidada ya en Terraneo. El hombre de la mirada silencio, sacó los zapatos roídos y con sus rudas manos empezó a masajear esos pies también endurecidos.

La mirada silencio se adentra al camino dejado, en ese regreso a la infancia, se siente a saltos entre los limoneros, mientras los padres trabajan la tierra, allí creció, fue feliz junto a sus padres, no conocía más que del trabajo en el campo, más que cuidar las gallinas, las dos terneras, y el viejo perro moteado con el que jugaba poco por lo viejo y cansado que estaba.

Allí una tarde ayudó al padre a abrir un hueco en la tierra para acomodar a su progenitora. Allí se fundieron en uno, lágrimas acumuladas por los tiempos hizo una laguna al costado de la vieja casona, allí los abandonó el perro viejo moteado; y allí, muy cerca de donde duerme la madre, tres años después, en un atardecer, encontró a su padre doblado, ovillado, inerte.

En aquella noche de luna llena, el hombre de la mirada silencio, pala en mano, abrió un hueco para depositar el cuerpo del padre muy cerca del de la madre, hasta cubrirlo con la misma tierra que le ofreciera alimentos. Allí amaneció, allí anocheció. Un grito estremecedor escapó de su garganta, de su propia alma, descorrió la ventana del cielo y aparecieron las estrellas.

Tres soles y lunas acompañan sus pasos por ese camino que lo conduce no sabe adónde.

En Terraneo nadie conoce a nadie, las distancias son inmensas, desde la madrugada los hombres y la mujeres salen a trabajar la tierra y a atender los pocos animales,  jamás se acercó persona alguna.

Con la espalda más descansada, volvió a calzar los zapatos, acomodó el bulto apenas pesado y echó a andar por el camino que lo conduce quién sabe adónde.


Moraleja: Un hombre solo, es nada
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