lunes, 1 de agosto de 2011

ROSTROS SIN ROSTRO

Tenía la sensación de estar. ¿Estar? ¿Sensación? Una y otra vez cerraba los ojos en ese intento de saberse. A su alrededor, voces y más voces deforme. Rostros sin rostro, espejismo, ¡mentiras! Era el fondo de los fondos, lo soterrado desde lo más oscuro del pensamiento. Quería inventarse horas de despeje, quería, al cerrar y abrir los ojos, descubrirse y descubrir un espacio diferente, pero jugaban maleficios a escondidas y otra vez acudían esos rostros sin rostro, voces plagadas a un misericordioso festín de vanidades. Las verdades, ¿de qué están hechas? De niña quedé anclada a la transparencia de la palabra. Todas las palabras tienen matices, ¿todas son verdades? Preguntaba a mi madre, quien acompañó esta inocencia de lo justo y la honradez. Así, como hoja blanda, transité espacios, dibujé con mis palabras verdades desde este “yo” que quizás no eran las verdades de otros. Nunca me preocupé por ello hasta un día, aquel, en que descubriera detrás de ciertas verdades, puñados de mentiras; y de vueltas, rostros sin rostro en caminos estropeados, rostros sin rostro, intento de cortar luz al tiempo, rostros sin rostro en atropello con los otros. Detonadores, impíos, desafortunados rostros vueltos fantasmas, maleficio, mercancías barata, fraudulentas, opulencia de voces huecas.
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